Lisboa (tercera parte)

No tengo claro de qué manera hemos llegado a este punto. Partí seguro de mi mismo, con botas de suelas nuevas, dispuesto a deshacer su dibujo en el camino, pero resulta muy fácil enredarse en la madeja de hilo y perderse en el laberinto de colores de los días sucesivos.

Las horas se renuevan veloces, aquí en el tiempo que nos ocupa. Lo detengo en apariencia, inútilmente…

Acumulo imágenes que me construyen, que definen los límites de mis posibilidades y mis anhelos. En este bosque virtual de palabras  propias cocino sistemáticamente mi alimento.

Así comienza la última serie de fotografías del viaje a la capital portuguesa: con una ventana enmarcada por un color que protagoniza la escena. Pertenece al Palacio da pena. No se refiere su nombre a otra cosa sino a que está construido sobre una enorme peña.

El viento soplaba con fuerza esa mañana. Puedes observar como azotaba los árboles cercanos. En el patio central una jardinera se asemeja a una fuente. Las hojas de la palmera siguen el imaginario curso natural de un aspersor de agua.
Aves de esbeltos cuellos exhiben su silueta impecable.
En el interior me fijo en el cabecero de una cama torneado sin descanso. La ventana se coloca de nuevo en el punto de mira. Nos comunica y nos separa.  Es una membrana semipermeable de luces, temperaturas y atmósferas.

Al fin me detengo en la cocina.

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Numerosos caminos surcan el parque. Un enorme jardín lo invade todo. Encontramos un invernadero y simetrías de madera y piedra. Una pérgola sostiene momentos del todo imperceptibles.

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Cambiemos de movimiento. Presento unas imágenes de la Quinta da Regaleira.
Realmente es un lugar que te hace pensar, se comunica a través de grandes preguntas.  La búsqueda constante de luz, un camino que se inicia en las sombras por el que debemos pasar para convertirnos en algo nuevo. Un plano del edificio, una vista desde el exterior, una escalera de caracol. Los ojos que ascienden por la oscuridad.
Caminos por todas partes y oscuros túneles que te llevan de un sitio a otro.
El pozo donde se abandona un camino y se encuentra el siguiente. El punto de partida para renacer al mundo real.
Dragones que guardan el recinto. El camino hacia el altar.

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No estoy seguro de cómo hemos llegado a este punto. El mundo está inquieto. Oigo detonaciones y estruendos en todas direcciones. Me golpea la imagen, me hiere la palabra. Hace cuatro días que atravesamos la cueva de Valporquero por el curso de aguas. Llevaba intentándolo casi treinta años y al fin pude hacerlo realidad. Veo rocas, chimeneas y toboganes. Volví a Madrid. Me reencontré con varios amigos. No puedo decidirme entre pensar que somos los de siempre o aceptar que hemos cambiado por completo. De todas formas no tiene importancia. La pelota ya está en el terreno de juego. Es nuestro turno.

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Roberto Molero

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4 comments

  1. Yo estuve en Sintra, pero ahora con tus fotos parece otro lugar!!! Magia de la fotografía!!! Besos

  2. Gracias Roberto,
    Siempre yo disfruto mirar a mundo
    a través de sus ojos… Espero nos vemos pronto!!!
    Jeff
    Sent from my iPhone

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