Lisboa ( segunda parte)

Sentado en mi habitación, con los ojos cerrados empecé a soñar despierto.
Estaba pensando en viajar a una ciudad deliciosa. Dibujaría en un mapa la base de su esencia. Marcaría algunos puntos que sirvieran de referencia y dejaría escondidos entre sus siete colinas todos sus encantos. Un viajero audaz podría descubrirlos inesperadamente. Los envolvería con cuidado, como aquel que por fin encuentra el último trofeo de su colección. Una vez terminada le agregaría algunos ingredientes para que resultara aún más tentadora: Mucha gente de diferentes procedencias, un aluvión de música, cables de unión, caminos de hierro, una semana de lluvias, millones de adoquines, un tranvía…

Por último le pasaría una buena dosis de años por encima, tal vez varios cientos… y ya está.

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Un día podría visitar uno de sus espacios adornado con determinación. Desde la sombra entornaría los ojos hacia la luz del claustro. Me llenaría de interrogantes. ¿Quienes somos realmente?

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Al día siguiente tres músicos darían ambiente a la calle. Yo podría sentarme a escuchar la suavidad de la trompeta deslizándose inquieta por una melodía que se iría construyendo con el colchón de un contrabajo y las notas insistentes de un instrumento tocado casi siempre con una sola mano.

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Cerca de una plaza que enlazaría con la estación de trenes podría encontrar un grupo de personas viviendo un momento casual. Un espacio sin tiempo, sin prisa, una nota sostenida.

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También sería posible moverse con rapidez para cambiar de escenario.

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Los edificios tendrían forma de instrumentos musicales, enormes acordeones, guitarras e incluso pianos.

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Y añadiría unos pajaritos en las esquinas para que el ambiente resultara un poco más ecológico y natural.

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Le pondría muchas esquinas. Muchos ángulos imposibles para incitar a descubrir los misterios de la perspectiva.

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Y luego pasearía sin prisa retratando a la gente que nos queda por inventar. A todos aquellos que no caben en la cabeza, los que tienen su propia identidad… Aquellos que no somos nosotros.

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Me gusta retratar a la gente. Moverme en silencio intentando desenmascarar inútilmente cada disfraz. Me imagino que soy un “viajero” diferente. Me felicito por lo insensato y me rió de la ignorancia que me baña por dentro. Pero inevitablemente me miro en el espejo de los otros y me descubro turista. Con la cámara en el cuello como visible seña de identidad me siento en una terraza en la calle más concurrida de la ciudad. Atesoro la imagen que cierra esta serie.

De todas formas ni me lamento ni quisiera parecer que lo pretendo.

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En realidad lo tengo todo a mi favor.

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Roberto Molero

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4 comments

  1. Preciosas imágenes. Es una visión del país que yo comparto, esa que le imprime la gente.

  2. Muy buen ojo fotográfico al apuntar al balance de blancos. La modificación casi siempre la realizo en el procesado. Como en este caso. Gracias por pasar.

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