Lisboa

Cuando aterrizamos en Lisboa lucía un sol radiante. Nadie esperaba al otro lado de la puerta y el tiempo se había pasado a nuestro bando. ¡Vacaciones! Es la hora de construir un espacio para no tener prisa. Hicimos cola para coger un taxi. Desde la terraza de nuestro apartamento la vista resulta espectacular. Estamos en lo alto de una de las siete colinas. Muchos gatos se mueven entre los tejados y azoteas, los aviones arañan el cielo en ciclos breves y regulares.

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Cogimos el primero de los tranvías al día siguiente de nuestra llegada. El menos lleno de todos. La novedad de su medio, la madera, el sonido y su música recurrente nos acompañaron.

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Abandonamos el transporte, que continuó su camino, para establecer el nuestro.

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Desde lo alto de un pedestal una figura inmóvil vigila la ciudad. Voy capturando imágenes entre las hojas que no puede ocultar el asfalto.

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Hacía tiempo que no veía un hospital de muñecas. Fueron sustituidos por contenedores de basura.

Tampoco recuerdo una tienda diseñada para piratas en activo.

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A orillas del Tajo me acerco a un personaje que riega la tarde con puñados de notas. En los momentos perfectos siempre hay un músico cerca.

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Subimos a la fortaleza. Nos recibe un tronco de tres caminos: A la izquierda la defensa, la espera en el centro, y a la derecha la ofensiva.

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Compongo imágenes con líneas perpendiculares, paralelas, arcos y puntos de fuga. Hay banderas para señalar el espacio y la idea, un cañón para mantener la posición, una melena que se deja mecer por el viento, una panorámica de la ciudad y el amor de mi vida.

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Navegando en los brazos de nuestra carabela echamos el amarre en otros puertos.

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Llegamos a Chapito un restaurante, una escuela de circo y una tienda todo al mismo tiempo. En el aire se distinguen restos de volteretas y saltos imposibles. ¡Más difícil todavía! Se oye en la cocina.

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Siempre hay algo mas esperando ahí fuera. En la puerta de enfrente o al otro lado de la esquina. A veces un desconocido pinta una imagen en la pared y otro queda atrapado por su embrujo al otro lado del espacio-tiempo…

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La luz artificial sustituye poco a poco a la reinante.

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Desde ese lugar que comenzamos a llamar “casa” veo como aterrizan los aviones dejando un rastro luminoso en la fotografía. Quedan sorpresas atrapadas en un “mañana” por desvelar. Hoy soy feliz, inútil e inapropiada-mente feliz. Cierro este capítulo al límite del tiempo reglamentario. Prometo regresar.

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Roberto Molero

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2 comments

  1. Espectacular.Me trae viejos recuerdos de mi paso por Lisboa. Y también de la sensación de vivir otra vida distinta en ese estatus vacacional.Fotos chulísimas.
    Un abrazo

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