Bolonia

Imaginar la posibilidad de realizar un viaje. Después atar los desplazamientos, reservar los alojamientos, pensar en los preparativos: la ropa, maletas, calzado, el cepillo de dientes. La cámara: objetivos, trípode, baterías, cargadores, tarjetas de memoria…
Llega el día inesperadamente y saluda desde la esquina del calendario, pocas horas antes del momento señalado. La carretera. El parking equivocado y el parking correcto. El autobús. Pasar por controles de seguridad, esperar en la puerta de embarque, acceder al avión. Tomar asiento, cinturón, escuchar de la azafata mecánica las normas de seguridad. Iniciar el despegue y… por fin en el aire.
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A once mil metros de altura la temperatura ronda los 50 grados bajo cero. Sin embargo, desde nuestra cómoda posición, el mar de nubes parece un lugar perfecto para tumbarse a tomar el sol. Apetece deslizarse entre los tonos azules y los blancos, aprender a surfear el cielo. Desde aquí, el mundo que conocemos se ve realmente cambiado y delicioso.
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El primero de los alojamientos es un piso que mira directamente a la Piazza Maggiore. También nosotros lanzamos la mirada por la ventana.
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La calle nos abre sus puertas. Sopla un viento acogedor entre chubascos intermitentes.
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El tiempo se vuelve película. Es necesario dejarlo pasar sin acelerones ni paradas para poder comprenderlo.
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Encuentro montones de peluquerías. Muchas de ellas parecen haber sido equipadas hace muchos años y dejan ver a través de los cristales las arrugas provocadas por el paso del tiempo. Me encanta hacer fotos en estos lugares.
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La casa está rodeada por puestos del mercado que se abren hacia la calle.
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Y la calle está furiosamente viva.
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Siempre suena una campana. Se anuncia el final de una jornada, o tal vez el principio de otra. Las sombras no parecen afectar a la insistente actividad.
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Los pasos se multiplican. Me entretengo en recoger algunos y señalarlos en mi mapa particular.
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Me dejo caer hacia atrás sobre la cama. Cerrando los ojos espero que las horas que llegan a mi puerta me reconforten. Estar fuera de casa me coloca en una posición privilegiada. Sobre esta colina virtual exploro un entorno repleto de novedades. El horizonte escribe sus versos con otras acuarelas y mis manos se mueven en la oscuridad con la esperanza de atrapar conocimiento, brillos inesperados o senderos luminosos.
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Roberto Molero

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3 comments

  1. Esperaste detrás de los lavabos tu corte de pelo, pero no llegó. ¡Genial!.

  2. Impresionantes fotos, acompañadas de un texto que te hacen sentir protagonista del viaje.. 🙂

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