Louvre (disquisiciones)

A veces me toca aparentar calma en la tribulación. Servir al injusto con una sonrisa aparente. Colaborar con extraños que demuestran la incuestionable realidad. A veces tengo que peinarme, vestirme de una forma establecida y caminar al ritmo de otros; aquellos que piensan que marcan el paso.
A veces me veo arrastrado a pedir permiso para respirar, a suplicar una respuesta, a guardar cada pregunta en la parte más profunda del corazón, a envolverlas todas con siete pesadas mantas y encerrarlas bajo llave.
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En ocasionas me atrevo a imaginar los pensamientos ajenos. Por ejemplo me interno dentro de un cuadro, hasta el mismo centro. Desde uno de los lados de la realidad escribo mis conclusiones en un papel destinado a otros efectos. Lo doblo meticulosamente y lo abandono a su suerte en la papelera más cercana.
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A veces dejo una parte de mi abandonada en alguna esquina. Puede ser un descuido o incluso una acción premeditada.
Luego la busco y deliberadamente la echo de menos.
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Algunos días me pienso las cosas dos veces, las doblo a la mitad y las vuelvo a pensar antes de archivarlas en el interior de un pozo sin fondo.
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Con demasiada frecuencia rompo los precintos que se ponen a mi alcance. Buscando soluciones me encuentro por el contrario con una colección de problemas que requieren atención.
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Siempre que me intento definir me faltan trozos. Los agujeros paralelos permiten el paso de frías corrientes de aire que me atraviesan.
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Pero estoy en un museo. Ya no me acordaba. Los seres humanos no se han limitado a construir un lugar donde dormir, o a obtener el agua, o el alimento que les permita sobrevivir un día más. Sobre las columnas efectivas se construyen capiteles adornados con vastas horas de trabajo intenso.
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En un recodo del trayecto me encuentro con un rostro conocido: Es la escultura de la Venus de Milo. La recuerdo de los libros de texto del colegio y no ha cambiado nada.
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El casco adornado me habla de tiempos de guerra. Cuando éramos niños nos gustaba dibujar este tipo de cascos en pequeñas cuadrículas de papel formando enormes ejércitos.
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No he hecho más que empezar a caminar. Tal vez nada más que a abrir los ojos. Un pasillo nos dirige hacia el arte egipcio. Se cuentan muchas historias de esas gentes que hacían pirámides. Les hice muchas fotos, como si se tratara de una escena irrepetible.
Decía la letra de una canción que firma la cabra mecánica : ” El Mundo, ya no necesita otra canción de Amor. Pero yo si”.
Estoy seguro de que al mundo le sobran fotografías del museo del louvre. De todas formas la semana próxima volveré a colarme en ese pasillo y colocaré algunas palabras entre aquellas imágenes. Aunque me falle un ojo y el otro enfoque con dificultad elijo aceptar este baile, salir a la pista y dejarme empapar por el sutil esfuerzo de los agudos, la perezosa secuencia de los tonos medios y la rotunda presencia de las bajas frecuencias.
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Roberto Molero

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