Llanes

He vuelto a hacerlo una vez más. He sacado a pasear la cámara por el pueblo donde habíamos quedado para reunirnos. La mochila en el hombro, tres ópticas, tres baterías, tres tarjetas de memoria y tres posibles pájaros a los que retratar de un solo tiro.
No es el recuerdo lo que intentan captar las imágenes. Hay una estética del movimiento, una reflexión implícita, un mensaje oculto para ser desvelado con gozo a la luz de las velas. Yo mismo coloco las pistas para poder seguirlas a continuación.
La primera parada es en la escalera. Tal vez baja hacia lo desconocido, al frío paisaje que me destierra, o a un mundo totalmente nuevo, sin sensaciones premeditadas. Pero también podría ser que subieran a la luz, que después del oleaje se extendiera ante nosotros una enorme pradera colmada de verdes pastos.

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Y después del sueño una pausa en lo cotidiano, en la insistencia de las obligaciones y del trabajo diario. Las cajas distribuidas de forma consciente, un protagonista y el actor secundario, un vehículo inexpresivo en un espacio cualquiera… es el nitrógeno y el carbono de las mañanas.
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Justo al otro lado del muelle donde estaban aquellos hombres, se ven las construcciones del puerto. Se desvela un día brillante. Hace frío, aunque no puedas verlo, y aparecen coches mal vestidos y antenas poco agraciadas sobre los tejados. En el agua se intenta mostrar un mensaje escrito.
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Sobre mi cabeza uno de los balcones de madera es objeto de restauración. Parece ser que algún pescador lo ha sacado del agua hace tan solo unas semanas.
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Desde la misma posición giro a la izquierda para retratar a una familia que pasea entre los puestos que están ya de recogida.
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Vuelvo a dejar que la mirada se pierda por el canal del puerto, por sus ordenados embarcaderos y las estrechas calles.
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En un recodo del camino nos reunimos para la foto de grupo, en ese momento somos un recuerdo, firmamos nuestra presencia, expresamos felicidad, detenemos el tiempo…
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Alguien se asoma en la esquina, pero su historia se me escapa de las manos, deja sus notas sobre un cristal inclinado y se pierden cayendo por el muro gris.
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Todas las puertas llevan a algún sitio, son una invitación, formulan una pregunta y su desafío requiere una respuesta.
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Con ojos insistentes la tarde permanece en su puesto de observación, alimentándose de curvas y soportando las sombras.
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Las luces comienzan su veloz metamorfosis.
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Al caer la noche las estrellas se vuelven luminosas, los colores se multiplican por miles cuando se golpean contra el agua.
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Se termina el trayecto y una sola embarcación espera. Siempre acompañados por los que amamos, por los conocidos, por los inventados, siempre mirando la imagen que nos devuelven sus espejos. Reunidos en un roce, una caricia o un abrazo y al mismo tiempo en una sola lancha navegamos, porque una sola luz nos pertenece.
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Roberto Molero

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