París

Cuando era un niño, pasé como todos por esa época escolar en la que aprendemos a memorizar poemas y tablas de multiplicar. Me encontré por aquel entonces con un texto que me llamó poderosamente la atención. Hablaba de una gran ciudad llamada París. Sin la necesidad de que “el profe” nos lo impusiera como un deber me aprendí parte del texto con la intención de usarlo para cualquiera de las grandes ciudades del mundo. De esta manera tendría en mi poder las bellas palabras de un poeta y las podría utilizar en multitud de ocasiones.
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Al ordenar las fotografías de nuestro viaje a París en el verano de este mismo año, aquellas palabras de la infancia comenzaron a resonar en mi memoria como queriendo hacerse presentes. Me puse a buscarlas. Balzac fue el autor que escribió aquellas líneas junto con una obra de una extensión increíble. Yo no la conozco, pero aquellas descripciones me llegaron a conmover.
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Por esta razón deposito suavemente mis imágenes al lado de la prosa de este infatigable novelista francés, a quien cedo gustosamente la palabra:
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París es el más delicioso de los monstruos: aquí linda muchacha; allá, pobre anciano; acullá, todo flamante como una mujer a la moda; monstruo completo por todos lados.
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Sus buhardillas, especie de cabeza llena de ciencia y de genio; sus primeros pisos, estómagos dichosos; sus tiendas, verdaderos pies, y de allí parten todas las aceras, todos los negocios.
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¡Y qué vida tan activa lleva el monstruo! Apenas el último estremecimiento del último coche del baile cesa en el corazón, cuando sus brazos se mueven en las barreras y empieza a removerse lentamente.
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Bostezan todas las puertas girando sobre sus goznes, como las membranas de un gigante movidas invisiblemente por treinta mil hombres o mujeres que viven en seis pies cuadrados y poseen en ella una cocina, un taller, una cama, hijos, un jardín, y en los que no se ve claro y donde todo se ve.
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Entonces, insensiblemente, las articulaciones crujen; el movimiento se comunica; la calle habla.
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A medio día la vitalidad es completa, las chimeneas despiden humo, el monstruo come, en seguida ruge y sus mil patas se agitan.
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Pero, ¡Oh París!, ¡quien no ha admirado tus paisajes sombríos, tus fosfóricas llamaradas, tus callejuelas sin salida, profundas y silenciosas, quien no ha oído tus murmullos entre la media noche y las dos de la madrugada, no conoce aún nada de tu verdadera poesía, ni de tus extraños y prolongados contrastes!
Honorato de Balzac
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Aquí termina el texto recuperado de aquellos tiempos. Ciertamente parece que fue escrito ayer. Tal vez podríamos aplicar el texto a otra ciudad, pero pienso que realmente no deberíamos hacerlo. Me alegro de poder devolver estas palabras a su origen y me siento como ese hombre que ha colocado la última pieza de un gran puzzle multicolor. Disculpad que cierre esta página con la insistente recurrencia de su emblemático monumento.
Nota: si os apetece ver más fotografías de esta misma serie lo podéis hacer AQUÍ.
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Roberto Molero

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3 comments

  1. Preciosas fotos. Tengo que enseñárselas a Libi, que está “enamorada” de París. =) Un abrazo.

  2. A nosotros nos pasa lo mismo que a Libi, que estamos enamorados de París, y tus estupendas fotos nos traen muchos y buenos recuerdos.

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