Notre Dame

Han pasado ya nada menos que veinticinco años desde que visité por primera vez la famosa catedral francesa. En aquel tiempo estudiaba en el Colegio de los Jesuitas en León. Uno de los profesores nos invitó a tres amigos a pasar unos días en París. Visitamos también Londres por un día, Amsterdan, Brujas y algún sitio más que no logro recordar. El primero de mis compañeros se llamaba Isidro. Terminó haciéndose Jesuita aunque murió de leucemia al cumplir 24 años de edad.
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Este verano, en medio de las vacaciones familiares, dedicamos un día a recorrer el mismo lugar de entonces.
He de reconocer que me trae sin cuidado que se edificara entre 1163 y 1345 y esos otros datos que tanto les gusta resaltar a los historiadores, arquitectos y profesores.
Me he regalado el lujo de pasear despacio, de sentarme a respirar y de no tomar apuntes.
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Echo de menos el olor de la cera derretida. Se ha ido sustituyendo por un olor eléctrico que a mi modo de ver le roba parte de su poderoso encanto. Por lo demás no ha cambiado mucho en todos estos años.
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Mis hijos querían ver el tesoro de la basílica. El oro, las joyas… El poder económico sigue destilando su poderoso magnetismo. Me divierte ver sus caras admirando los dorados relucientes y leyendo los nombres de los metales que componen el conjunto.
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Vigilado intensamente todo lo que ocurre en la sala descubro unos ojos que atraviesan oxidadas estructuras en mi cuerpo y que pretenden entablar un diálogo profundo.
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Palabras inquietas, respuestas cerradas, caminos de sangre y azúcar… Todo se mezcla en un solo recipiente. El resultado de todo este proceso es un elemento sin etiquetas. Al mismo tiempo soy un blanco entre los negros como un negro entre los blancos.
No es mi intención dejar de definirme, sino abrazar mi inevitable mestizaje.
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Asciendo sin remedio a los primeros techos, al origen de los copos de nieve. La duda reposa en el bolsillo de mi chaqueta y el sonido de los pasos de la gente unido al de mis propias pisadas me estremece con su arrullo.
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Las quimeras no han resuelto los enigmas y al parecer persisten en sus propias reflexiones.
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Los hombres vamos tomando conciencia de nuestra propia jaula jugando la partida sin un solo comodín en la baraja.
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Son cientos los rostros que muestran su cara más oscura. Tal vez nos estén invitando a dar media vuelta.
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De todas formas la gente se acerca. Sospecho que la piedra por dentro no tiene cicatrices; tal vez esas figuras extremadamente grotescas y monstruosas sean como todos los demás: algo más de lo que parecen.
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Desde las torres la mirada se pierde por el curso del Sena. La altura nos permite ver un mundo muy diferente del que acostumbramos a ver a ras de suelo, pero si lo pensamos detenidamente podríamos llegar a la conclusión de que no es el mundo lo que realmente cambia.
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Me reconforta la idea de creer que cada paso que damos tiene al menos una posibilidad de corregirnos, de mostrarnos una luz, un enfoque diferente, de ayudarnos a comprender un poco más profundamente lo incomprensible que resulta el mundo en que vivimos.
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Con este deseo disparo la última fotografía en los jardines de Notre Dame. Escoltado por viejos árboles queda prisionero de sus sueños el reflejo de una imagen.
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Roberto Molero

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3 comments

  1. ¡Que bonito!. No tengo el gusto de conocer Notre Dame, pero con tus fotos me ha parecido que ya la conocía, quizá sea el recuerdo del “Jorobado de Notre Dame”. Gracias.
    Buen fin de semana para vosotros también.

  2. Roberto: Great pictures of Notre Dame. I love gargoyles. In fact, we bought some gargoyles when we visited Paris. Best to you and your family for Three Kings/Christmas. — Alan Fisk

  3. Sin palabras, pocas veces he visto Notre Dame mejor fotografiada! una de mis catedrales góticas favoritas, junto a Reims y las inglesas de Salisbury y Lincoln; me falta ver la de York. Aunque no siempre en la grandiosidad reside lo más bello, y la Sainte Chapelle de París y la Capilla del King’s College de Cambridge resultan igual de interesantes.

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