Reptiles

Con el paso del tiempo he comenzado a considerarme un aficionado a la fotografía. Cuando me invitaron a intentar demostrar la presencia de cocodrilos en las playas occidentales de Normandía no pude negarme.
Tenía todo lo que se pudiera necesitar y repuestos de sobra.
Embarcamos cuando el verano dejaba la puerta abierta para que entrara el otoño. Se turnaban el sol y la lluvia para ofrecernos su cara más intensa. El viento mezclaba nuestra efímera presencia con la perpetua existencia de una playa aparentemente desierta.
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Entre las ramas excesivamente verdes de aquel extraño lugar no se debería ver un camaleón camuflado buscando su comida. Intento encajar las piezas perdidas en un ambiente enrarecido. El día se mueve a su antojo mostrándome tanto la luz como las oscuras contraventanas terriblemente enmohecidas.
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¿Qué hay más allá? ¿Es una amenaza? ¿Me espera un rápido final entre las fauces de uno de los depredadores que comparten este mundo? ¿O tal vez sea mi alimento? El reflejo de la puesta de sol, su cálida despedida, el cobijo de la sombra…
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Pude ascender pegado a paredes verticales. Dejar atrás el camino de los hombres corrientes para respirar un aire más puro. Pude llevar conmigo el miedo y el orgullo.
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Y tomar la posición, defender el territorio, esperar la inminente llegada del próximo resplandor.
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¿Acaso importa el color de mi piel, el tamaño de mis dedos o mi capacidad para continuar erguido?
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Por mi aspecto me desprecian algunos. Por el miedo que inspiro. Otros sin embargo me dotan de virtudes que no poseo, me desean y muestran admiración.
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Diferente como todos, escondido a medias, atento a veces, escurridizo casi siempre.¿De qué otra manera podría ser?
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Nunca me llevo todo conmigo, el peso de lo vivido tira de mi hacia abajo. De todas formas tengo la certeza de que es precisamente este lastre lo que paradójicamente me impulsa.
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Salgo de mis pensamientos para demostrar la hipótesis inicial. En este momento ni siquiera me sorprende, unicamente tomo precauciones. Modifico la sensibilidad en la cámara para capurar la imagen en la sombra.
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Repito el ejercicio.
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Me tapo parcialmente la cara, para ver y no ver al mismo tiempo, para sentir mucho, pero no demasiado, para que no puedan reconocerme.
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Regresamos con la satisfacción de haber cumplido nuestro propósito. Tenemos la prueba en nuestro poder. En el camarote hay café caliente y mantas suficientes, el mar está en calma. La visión de tantos reptiles me ha hecho creer que hay sangre fría corriendo por mis venas. Mecido por el agua confío en el capitán. Es hermoso escuchar cómo avanzamos sin usar motor eléctrico ni de combustión.
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Me aferro a la similitud que encuentro entre dos esferas paralelas. Los animales se camuflan para pasar inadvertidos, para engañar a los sentidos y de este modo alcanzar una meta. Del mismo modo desordeno mis fotografías, recompongo las palabras para llegar al final de una historia que tal vez no se desarrolló exactamente como creo recordar. Podría ser que hubiésemos llegado a ese lugar de otro modo y con otro propósito, pero sin duda se produjo un movimiento, una sucesión de acontecimientos esenciales. Podría asegurar que, con lugar a todas las dudas del mundo, las cosas ocurrieron parcialmente como aquí se cuenta.
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Roberto Molero

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