Saint-Malo

Reina la calma en la costa. Una multitud se coloca en la frontera que separa la tierra del mar. Sedientos de agua, arena y sol se abren a la mañana alimentándose constantemente de todo lo que la playa ofrece.
Hay de sobra para todos. Hoy nadie volverá a su casa con las manos completamente vacías.
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Desde la muralla puedo ver a la gente jugando a la orilla del gigante. Sus manos codiciosas descansan apacibles dejando paso al recreo. Al fin y al cabo, ¿qué son las vacaciones? ¿Un tiempo para soñar?¿Un lugar donde poder sentirnos de forma diferente?¿Una oportunidad para empezar de nuevo?..
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Hace mucho tiempo, o quizás no tanto, (depende de la escala que vayamos a utilizar) un barco pirata se acercó a estas costas con su artillería lista para el asalto, observando como nosotros la misma frontera, la espuma y la arena.
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En la zona más cercana al puerto presiento el recuerdo de aquella amenaza.
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Para mi los piratas no son más que un pasatiempo, un disfraz sencillo, una historia de Emilio Salgari o una nueva aventura del famoso capitán Jack Sparrow.
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Aunque dicen los historiadores que fueron piratas y corsarios los que se instalaron en esta estratégica posición contribuyendo al crecimiento económico de la ciudad. El más célebre fue quizás Robert Surcouf, capitán corsario al servicio del rey de Francia, azote de las naves tanto militares como comerciales españolas e inglesas (su estatua puede admirarse en el siempre agradable paseo por las murallas).
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El “hogar de los piratas” durante siglos influyó en el carácter reivindicativo de estos hombres del norte de Francia que renegaban, incluso, de su condición de franceses y bretones y preferían ser simplemente corsarios. Y de alguna manera lo consiguieron cuando proclamaron una República independiente entre los años 1490 y 1493.
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Si algo tengo claro que no poseo es vocación de historiador. Sin embargo, veo que el pasado se ha prendido en las faldas de la ciudad y no está dispuesto a abandonarla.
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Miro hacia las imponentes embarcaciones intentando imaginar cómo sería mi barba azotada por el viento salado.
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Entre las calles bulliciosas puedo intuir los intercambios, los que piden o los que ofrecen. La mano inquieta que desafía la ley y corre por senderos paralelos.
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El rostro de la transgresión ya no parece tan amargo. Las cicatrices no son dolorosas y la noche no resulta infranqueable.
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Sobre las tabernas de la ciudad ondean carteles de ficción: aquel unicornio azul que se perdió o una nave con sus velas extendidas queriendo hacerse a la mar.
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Los viejos libros se instalan en los camarotes afanados en sobrevivir a la perpetua humedad y a los peligros de la navegación.
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Y hasta las cortinas de las casas recuerdan tiempos pasados sin dejar rastro de amargura en el camino.
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Los rostros oscuros han pactado un armisticio con el paso del tiempo. Tal vez se deba a su mestizaje con la superstición, al apego por enterrar tesoros en la arena y a marcar la ubicación en el mapa con una
“X” misteriosa, a su afición desmedida por la bebida o a sus emblemáticas canciones: Quince hombres sobre el cofre del muerto… Ron..Ron… La botella de ron
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En el puerto se agolpan montones de veleros ansiosos por soltar amarras y explorar los alrededores. Puede que sueñen con tesoros hundidos, con regresar sanos y a salvo o con izar una bandera negra con un par de tibias y una calavera.
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Nuestra tripulación camina orgullosa por las calles contenidas por las murallas de Saint-Malo buscando entre los comerciantes una pata de palo adecuada, un parche para el ojo inexistente o una nueva espada.
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Una planta de algodón se alza indiferente ante nosotros. Sus múltiples ojos intentan descifrar aquellos acertijos en la oscuridad.
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Dejamos atrás los reflejos en el agua, los colores cálidos, la calma y la tempestad. Queda en el ambiente el aroma de los corsarios. Una parte viaja con nosotros desde siempre. Hay muerte, hay violencia, insolencia, gritos, desesperación e incertidumbre; pero a la vez, atados por el mismo cabo, se despliega un aire puro sin sellar, el hambre por sobrevivir, el nuevo conocimiento y la presencia suprema del mar. Recuerdo que ya en otra ocasión fuimos Piratas.
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Roberto Molero

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