Mont Saint Michel

Viajar siempre entraña la posibilidad de vivir una aventura. Aunque lo que resulta emocionante en el papel a menudo es una desgracia en la realidad. Aquel día nuestro vehículo de transporte se averió irremediablemente. Sin previo aviso hizo un ruido imposible de describir y sencillamente se murió.
Nos encontrábamos en un lugar deshabitado, no pasaba nadie por allí, nos faltaba agua y comida.
Cogimos algo de abrigo y atravesamos el monte cercano en busca de la civilización.
Horas más tarde, desvanecida ya toda esperanza de encontrar agua, detrás de las ramas divisamos una extraña construcción. En ese momento pensé: “Todo lugar misterioso recibe una visita inesperada por un motivo claramente justificado”. Y así fue.
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Al atravesar el campo vacío que nos separaba de nuestro objetivo me sentía observado. Las murallas me hablaron de historias de batallas, del arco y la flecha. Podrían estar analizando si somos una amenaza. El sol aún estaba alto y se dejaba caer a plomo sobre la sed que nos impulsaba.
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En la muralla una puerta nos recibió cuando llegamos a tocar el hierro. Tal vez todo fue fruto de un espejismo. Nadie espera, nadie contesta, no sopla el aire mientras el silencio se viste de intriga y se adorna con miedo, cansancio y una pizca de curiosidad.
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La puerta no está trancada; rozando sobre sus pesados goznes envía señales acústicas en todas direcciones. Deberían habernos visto llegar. Las calles vacías ascienden continuamente formando una espiral.
Un unicornio nos saluda con la luz encendida. Y hay más: un letrero inquietante ¿Será una armería?
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Una luz iridiscente se ha quedado atrapada bajo el pasamanos. No tengo saliva que poder tragar.
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¡Seamos optimistas! De momento nadie nos ha puesto la soga al cuello…
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Para controlar la situación imagino que somos supersticiosos: no ha cruzado ningún gato negro ni hemos pasado bajo la escalera, por lo tanto todo saldrá forzosamente bien.
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Y aunque el laberinto a veces parece cerrarnos el paso…
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…Siempre aparece una puerta por donde continuar la búsqueda. Tiene que haber agua en algún sitio.
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Mira qué bonita luz nos llega desde arriba. Parece una celda prisión donde los criminales cumplen condena…
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Pero no tenemos por qué inquietarnos: de nuevo existe una salida.
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Un lugar donde guardar el pan. Aunque no tenemos la llave no debemos perder la esperanza.
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Por aquí es mejor no bajar. Todos nos ponemos de acuerdo en un instante. Afortunadamente no es el único camino.
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Que rueda tan… especial. De madera maciza…. Me recuerda a La Máquina que aparece en la película La Princesa Prometida.
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¡Por fin! ¡Una fuente! Toda la angustia que llevaba se derrama por el suelo. En mi cabeza se dibuja una canción : “Para encontrar el agua solo la sed nos alumbra”.
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Hidratados todo se ve muy diferente. En realidad este lugar es precioso. No se trata de un castillo tenebroso ni nada de eso. Hay una luz celestial que antes no lograba ver y que ahora parece ocupar todos los espacios.
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El horizonte también se asoma un instante cambiando el escenario en un abrir y cerrar de ojos.
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Crece ante nosotros de forma desmedida.
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Y se hace inmenso.
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Inesperadamente descubrimos a alguien observando la costa por encima de la muralla. Nos acercamos con precaución. Entablamos una conversación mezclando palabras en varios idiomas. Es el único monje que queda en este lugar. Se llama Dalmiro y se presenta como el guardián de la ciudadela. Permanece vigilante esperando una especie de alineación astral. Como apenas ve no supo que llegábamos. Tampoco el oído es su punto fuerte. Habla pausadamente este personaje singular que vive apartado del mundo en el Mont Sant Michel: un increíble lugar, esplendoroso en otro tiempo, que hoy ha sido enterrado en el olvido.
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Dalmiro nos despide con lágrimas en los ojos. Hacía muchos años que no hablaba con nadie. Ha conseguido comunicarse con un comerciante que le acerca mensualmente las pocas cosas que necesita.
En su carruaje nos movemos rápidamente. Dejamos atrás una aventura y un nuevo amigo, pero estamos seguros de que algo nuevo nos espera. Al fin y al cabo, el futuro nunca nos precede.
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Roberto Molero.

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5 comments

  1. La visita al Mont Saint Michel no la teníamos decidida. Es uno de los lugares más visitados de Francia. Los inmensos aparcamientos me recordaban a los americanos. Los autobuses te acercan a la visita. Hay largas colas para entrar a la basílica. Me alegro mucho de que al fin nos decidieramos a ir. No soporto las colas y me agobian las multitudes, pero… Creo que me salió hacer un reportaje desértico por el contraste con la enorme conglomeración de gente que había ese día. Lo más dificil ha sido precisamente no sacarlos a todos. Un saludo.

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