Dinan

Me golpeo contra una barrera infranqueable. Una muralla que ha ido acantonando en su interior historias centenarias. Me encantaría poder escuchar sus palabras, ver las caras dibujarse en un lago de reflejos y traspasar la frontera que nos separa.

Me intento colar por sus ventanas, seguir el estrecho camino que la luz ha recorrido hasta el centro de la estancia.

Deslizarme por el puente levadizo en el último momento, como hiciera Indiana Jones En Busca del Arca Perdida.

Y encontrar esa puerta tras el foso: el secreto a voces que habita en todas las películas.

Cuando el camino muestra una señal que nos impide el paso no puedo resistirme a burlar un obstáculo tan ingenuo. Dejo atrás la cadena intimidante y me adentro en el espacio nuevo con la esperanza de hallar el siglo XV.

El camino es estrecho y no deja lugar a elecciones. Si no doy la vuelta he de aceptar su tiranía.

Pero no estoy tan cerca de la Edad Media como me estaba empezando a creer. No es que me sorprenda demasiado.

Las calles se han quedado desiertas después de la tormenta. Tampoco el sol ha querido regresar a la piedra. El sonido se oculta entre las grietas y el eco se pierde en el tiempo para no regresar jamás.

Puedo alzar la vista y tropezarme con el verde prendido en el alféizar, con pendientes de pizarra mirando imperturbables al abismo, o con estandartes combinados ondeando misteriosamente entre las casas…

Las puertas tratan de darme explicaciones…

las calles se presentan…

Y los escudos se han pegado a las paredes.

Atravieso un espacio vacío en el crepúsculo. De pie, fuerzo a mis latidos a fluir más lentamente.

Me sumerjo en el trazo hipnótico de la caligrafía.

En el escaparate los artistas exponen sus trofeos a la vez que mi reflejo salpica los cristales.

Los carteles se funden con la forja apostando por la unificación.

Y extienden sus dedos intentando alcanzar la inminente luz de los faroles.

Se acaba la tarde como todas, como siempre…
Comenzaba buscando la forma de penetrar en la muralla y termino ocultándome en un dibujo anónimo. Ésta grieta que atraviesa los portales (como el espejo mágico que usaba la bruja en el cuento de Blancanieves) nos ha permitido establecer la comunicación.
Gracias al pliegue temporal has podido asomarte a este pueblo medieval en la Bretaña francesa y hacerte tu propia idea.
Desde su escondite, el extraño personaje parece sufrir el azote de pensamientos divergentes: Por un lado escucha atentamente el torpe caminar de sus propios pasos buscando inspiración y la duda ensombrece su expresión. Por el otro espera que se produzca un nuevo milagro, una convergencia, un acuerdo en el pensamiento: un segundo en su existencia que pueda compartir sin condiciones.


Roberto Molero

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One comment

  1. Visitamos Dinan después de una fortísima tormenta. Las calles estaban vacías. El pueblo nos encantó. El agua corría por las pendientes empedradas como verdaderos ríos.
    Un saludo.

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