El barco

Todo está preparado para la partida. De niño me encantaba meterme en la bañera con una canoa de Playmobil. De este modo podía investigar otros aspectos de la esencia del agua, ese juguete infinito del que dependemos por completo.

En el puerto han cambiado las dimensiones de las cosas hasta dejar de ser razonables. Los amarres, las grúas, las sensaciones…Es como viajar al país de los gigantes. Embarcamos en el Musel, en Agosto del año 2014.

El capitán da la orden. Una diversa combinación de acontecimientos se pone en funcionamiento y los enormes motores comienzan a alejarnos del puerto.

Desde la cubierta, protegido por el bosque de miradas que se proyectan hacia el crepúsculo, inspecciono el entorno. Tres imponentes guardianes de esta galaxia nos permiten el paso sin mover una sola pestaña.

La oscuridad se va imponiendo rotundamente. Posamos para la foto como emprendedores de una gran aventura. Colocamos nuestras siluetas en miniatura en el maletero de uno de los vehículos transportados. Sonreímos a la cámara.

Siempre hay una escalera que se encamina a un nivel diferente. Puertas cerradas, carteles escritos en varios idiomas, múltiples sistemas de seguridad: mangueras, extintores, flotadores y embarcaciones de emergencia. Los pasillos se han vestido de marinero y el aire que esperaba recibir puro llega teñido de aromas de combustible y comida preparada.

El amanecer llega puntual a la cita. El infinito ha rodeado el barco por sus cuatro costados mientras el motor continúa afanado en su monótono trabajo.
Imagino que bajo el casco se desplazan los animales que protagonizan los documentales de La 2: las ballenas, los calamares gigantes, tiburones y delfines. Intento descubrir algún habitante de los mares. Pero la calle está desierta y el cielo, que debería mostrar el vuelo de las aves, ha dejado sus casillas en blanco.

La cubierta se va rellenando poco a poco de viajeros. Retorciendo la vista hacia la proa presiento la certeza de que pronto se hará visible la costa francesa.

¿Quién será el primero en gritar “tierra a la vista”?

Uno de los faros, cansado de esperar, parece que ha salido a nuestro encuentro. Tal vez se ha perdido, quizás se ha escapado o simplemente viaja como nosotros para conocer un mundo diferente…

La tierra crece un poco más cada momento que pasa. El azul empuja desde abajo y comprime por arriba.

Fruto de esta presión desmedida nacen de repente ante nosotros tallos blancos, múltiples hermanos de familia numerosa.

Cruzan el mar uno tras otro numerosos navegantes. Me recuerdan a los cotidianos personajes que recorren la calle con bolsas de la compra entre las manos.

Compartimos el ansia de viajar, los límites nos impulsan a buscar la forma de superarlos. Una cerradura es una invitación a encontrar su llave. De los caminos embarrados atravesando las montañas hemos pasado a los túneles sembrados de autopistas de peaje. El mar durante siglos reinó como frontera infranqueable. En éste día, sobre su poder incontestable, navegamos sin temor entre sus brazos dormidos para alcanzar la otra orilla. Rebasada una barrera, el horizonte nos muestra inevitablemente la siguiente. De este modo se forma una cordillera interminable de cumbres por ascender.
Es justamente en este punto donde nos encontramos, o sería mejor decir donde estamos perdidos; entre un valle y el siguiente, entre el hambre y la saciedad, entre dos barcos que cruzan un espacio aparentemente infinito.


Roberto Molero

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