Aire fresco

No sé hasta cuándo podré mirar con los ojos nuevos, quiero decir, con los ojos que se dejan sorprender. La experiencia es ese don que nos ofrece la vida, que nos hace movernos con seguridad por terrenos accidentados; pero a la vez la experiencia, cuando me da de lleno en la cara, también deja marcas de rutina e insensibles cicatrices.

En el sendero de luz se esconden las preguntas que asolan mis desiertos. Los trazos sombreados marcan las cerraduras que esperan la llegada de la llave adecuada.

El cielo se ha escondido en la tierra, cuenta con voz alta y clara su interminable secuencia. Salgo en su busca como hacía de niño en las huertas de Chozas de Abajo: ¡Tres marinos en el mar..!¡…Y otros tres en busca van!

Los colores de los cuentos nos invitan a sumergirnos, a pasar por su feudo y a pagar el peaje exigido. Nos desprendemos de la ropa y quedamos a merced del aire húmedo de la mañana. En este lugar muchos se acercan a la orilla, pero retroceden ante la mordiente bienvenida de las aguas. Nos invade una mezcla de sensaciones y una duda: me meto o no me meto.

No parece posible dejarse arropar por un frío tan intenso. Los pies ardientes del camino reciben el cambio brusco de temperatura con bramidos y quejas.

Otros decididos bañistas se retiran al primer contacto con el líquido elemento. Caminamos por una orilla de arena compacta, miramos felices al horizonte y gritamos de angustia desde los dedos de los pies.

Las olas son traicioneras. Se acercan amistosas, se deslizan sigilosamente y cuando menos te lo esperas su caricia se torna en bofetada mientras ves como abusan sin reparo de tu confianza.

Silvia y yo permanecemos un poco más en nuestra posición. A pesar del continuo acoso marino, no nos rendimos, y la fuerza del océano termina por cubrirnos por completo.

Al cabo de un rato solamente subimos y bajamos al compás de la emoción, recuperamos la energía, deshacemos en el agua salada la costra de la costumbre y sentimos que en ese instante somos felices.

Regresamos a casa. Veo la silueta del amor mezclándose con las luces intensas de la tarde.
Son tan pequeños los pasos que parece imposible que puedan hacerme subir tan alto…

Esto es es el final. Realmente no he escrito nada más y no voy a desmentirme. Solo termino con los títulos de crédito, en una versión del mismo paseo en formato de cine mudo.

Hasta pronto.

Roberto Molero

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5 comments

  1. Lo pequeño es hermoso… y lo lejano… y lo sorprendente… y lo cotidiano. También lo es lo natural, lo “azules y verdes” y lo sin color… lo vivido, lo visto y también lo inaccesible o por vivir.
    El mundo es hermoso si se mira como tú lo ves en esas fotos. Gracias

    JN

  2. ¡¡¡Muchísimas gracias, Roberto!!!
    Todas las semanas viajo con vosotros a estos lugares a donde nos envías con tus miradas; a veces como en esta ocasión, Bea se deja ver y entonces mi satisfacción es mayor, porque me parece magia, es como que he estado un ratito aunque sea muy fugaz con ella, y me gusta esa sensación, gracias, esta vez por partida doble entonces!

    Un beso para los dos.
    MLTorcida

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