Los Ancares (II)

El amanecer del segundo día llegó lentamente. Lo descubrí acariciando la mañana sin la urgencia que me acompaña en tantas ocasiones. La silueta del calzado específico me alegra la vista mientras preparamos los tradicionales bocadillos para disfrutar de la jornada.

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Cuando llegamos a Burbia iniciamos la marcha. En ese momento la luz ya desbordaba todos los rincones.

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Como ya es costumbre voy buscando los encuadres que puedan encajar en mis propios vacíos. Disfruto del aire, del color de la senda y la compañía. El bosque está precioso y es una suerte poder internarse profundamente en sus laberintos. Me olvido entre las ramas de todo lo ajeno a este mundo de alma verde y agua imprescindible.

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Llego al final de la entrada número 322. Inserto el enlace a la serie completa de Ancares que contiene 111 fotografías: (Flickr).

Agradezco cada uno de los 1400 comentarios. Sin duda son los cimientos que sostienen la luz que me guía.

A veces me veo dibujando desiertos en el agua del río. Otras me creo mirando la ventana de una calle en llamas. Apago las sombras y me quito las botas. Bebo un vaso de agua fresca de inocencia.

Pasa un día más. Espero volver la próxima semana con alguna nueva historia. Al menos con una imagen hambrienta de ser devorada.

Me despido amablemente con una fotografía de familia.

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Roberto Molero

Los Ancares

El Monasterio de San Andrés abre la serie que comparto en este espacio. Las ganas de caminar se acrecientan y el monte parece que esperara nuestras huellas. Amenaza lluvia.

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Los árboles nos escoltan mientras avanzamos por un camino equivocado.

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Siempre hay una valla que controla el paso con sus rudimentarios elementos.

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Un habitante local muestra con orgullo su nuevo piercing.

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Regresamos a la ruta correcta. El camino nos guía por sí mismo. Unicamente se necesita ir colocando un pie detrás de otro.

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Aunque algunas veces se vuelve necesario tomar nuestras propias decisiones.

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Las castañas no esconden su interior espléndido.

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La lluvia se resiste a caer. El agua se acumula en un cielo cada vez más oscuro. Pasamos entre enormes castaños retorcidos y muchos troncos ya secos. Los esqueletos de madera enmarcan el camino. La muerte se llena de vida por todas partes.

La costumbre de caminar por espacios naturales se ha vuelto una necesidad. Las teclas del ordenador y las imágenes de la pantalla me dejan hoy el alma a medio saciar. Preciso el olor a tierra.

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Sigue reinando la incertidumbre.

Impregnados de bosque, hermanados con la pendiente, la vida se resuelve de modo sencillo e inmediato. Las manos se rozan sin humo de metacrilato.

Dejo que las fotografías restantes fluyan al ritmo que te plazca sin atravesarlas de palabras. Nos seguimos encontrando por aquí si te animas a aceptar la invitación.

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Dejo el enlace a la serie completa de este día: Flickr Contiene 47 fotografías.

La semana próxima pretendo regresar con una segunda parte. Se trata de una ruta espectacular que atraviesa uno de los bosques mas hermosos de esta zona.

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Roberto Molero

El filo de la inocencia

Empiezo la mañana arrastrando el cansancio de los días anteriores. Ahora, desde la comodidad de mi rutina diaria y el trabajo semi racional vuelvo la vista atrás para recordar. He estado ausente de la casa donde habitan la placidez de las fotografías y las palabras.

Bajo al sótano una vez más. La funeraria nos proporciona la bolsa hermética que ha de engullir al difunto. Trasladamos el cuerpo sin vida por las pasillos evitando ser vistos por el resto de residentes. Después cerramos la cremallera que posteriormente se sella con cinta.

El trabajador de turno busca la llave que encaja en la cerradura del ataúd. Una vuelta completa parece asegurar que nadie pueda salir y nadie entrar. al final más cinta adhesiva para el perímetro de la caja. El féretro no se va a volver a abrir. La familia no puede ser testigo de estos sucesos pues hace días que las visitas están suspendidas. Solo mis ojos se quedan clavados en la soledad de la muerte. No hay rezos, ni lágrimas, ni lluvia serena que acompañe la escena. Trajes blancos y un spray que pulveriza el entorno es todo lo que se mueve.

Acontecimientos recientes provocaron que me tuviera que trasladar unas semanas a León para trabajar como enfermero en la residencia de ancianos que regentan mi hermano y mi padre. El coronavirus de turno logró traspasar las barreras e infectar a residentes y trabajadores.

Fuera de casa la vida es completamente diferente. El interruptor de la luz ha cambiado de lugar. Le robo la ropa al armario del pasillo. El frigorífico alberga alimentos extraordinarios y la ventana muestra otros colores.

No hay abrazos.  

Alguna vez la residencia Edad de Oro fue protagonista del blog, antes de estos tiempos tenebrosos donde imperan las mascarillas y el aislamiento social. (Lo puedes ver pinchando el enlace correspondiente al nombre).

Es lógico establecer una normativa que obligue al trabajador infectado a recluirse en su casa. El problema aparece cuando todos los trabajadores han de abandonar su puesto y los ancianos dependientes quedan sin atención en el momento en que mas la van a necesitar. Hacer el trabajo de cuarenta entre cuatro parece una tarea imposible en el papel porque es una tarea imposible en la realidad. Se encienden las alarmas, se aprietan todos los botones, pero la ayuda no llega. Cuando el navío va a entrar en batalla se queda sin tripulación.

Por la mañana el amanecer multicolor me saluda aderezado con una fauna inusual. Hay una cara terrible abrazada al trabajo excesivo. La sensación de estar perdido en medio de un espacio demasiado grande. Pero a su vez la tormenta arrastra una recompensa. A pesar de vernos superados, intentamos resistir, nos apoyamos en la misma impotencia que nos envuelve y a ratos me siento afortunado de poder estar justo en este sitio, en este momento, con estas personas.

La vida comienza con un llanto y se cierra con otros.

Las semanas vividas en estos días no son fáciles de resumir. Realmente prefiero no hacerlo.

Después de esta pausa necesaria quiero regresar a este espacio donde puedo reconocer la mayor parte de los rincones.

Las noticias ensordecedoras a veces no permiten apreciar la perspectiva.

Estos días corría la tinta en el planeta para informar que se había superado el millón de muertes por coronavirus. Las cifras grandes y redondas siempre tienen capacidad de impresionar.

La mortalidad infantil de niños menores de cinco años se ha ido reduciendo. En 1990 fallecieron nada menos que 12 millones de niños. Las campañas de vacunación, los sistemas de atención sanitaria y otros esfuerzos coordinados han sido capaces de reducir estas cifras a 5,2 millones en 2019. El abandono de parte de los esfuerzos dedicados a estas cuestiones motivadas por la pandemia hacen que la cifra no siga su progresión descendente.

El sarampión produce una mortalidad infantil muy elevada a la que ya no estamos acostumbrados en nuestro medio. En la República Democrática del Congo más de 6000 niños han fallecido este año por esta causa. Se han dejado de vacunar a unos 13,5 millones de personas al suspenderse las campañas de vacunación por culpa de la COVID-19

También aquí a nuestro lado, donde los problemas nos afectan mas directamente, mucha actividad médica preventiva y de tratamiento se está dejando de lado.

La pandemia está provocando ausencias esenciales. Las críticas llueven en todas direcciones.

Ante una realidad plagada de dificultades no parece el momento más oportuno de lanzar piedras sobre los tejados que ya se hunden por si mismos. Desde estas líneas que en parte me pertenecen pretendo agradecer el trabajo desinteresado de tantas personas que desde su parcela han estado haciendo posible que las desgracias se aborden con algo más de humanidad. El que esté libre de cometer errores que levante la mano. De todas formas sería mas conveniente dedicar los esfuerzos a recomponer los efectos de la pandemia, que a menudo son terribles, que a descalificarnos entre nosotros.

Solamente en España hay más de 5000 residencias de ancianos. El 60% de los fallecidos por coronavirus notificados oficialmente pertenecen a este colectivo. Independientemente de la exactitud de los datos, parece evidente que desde el punto de vista epidemiológico estamos ante una población de alto riesgo. La supresión de visitas a familiares, las bajas del personal laboral y la imposibilidad de encontrar la forma de cubrirlas hacen que esta población esté especialmente expuesta y atraviese momentos realmente difíciles.

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La primera foto que comparto es de la ida. En la autopista del Huerna desde un área de descanso.

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Las siguientes están tomadas en Verdicio. Uno de esos días en que el mar muestra su furia y golpea la orilla con decisión. Semanas anteriores mi hermano y yo fuimos batidos por esas aguas inquietas hasta quedar rendidos y satisfechos.

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Para el final una foto del regreso. Los últimos rayos del sol haciendo brillar la cresta de las montañas y el agua del pantano reflejando parte de ellas.

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Roberto Molero

Espinaredo II

Termina el verano de repente, con un silbido apagado . La senda otoñal que nos lleva al invierno se intuye tímidamente en la espesura. La prensa sigue girando igual que aquellas mulas que trabajaban en la noria sacando agua sin cesar. Lo hemos escrito todo.

Meses después de los primeros compases razonablemente irracionales sigue imponiéndose la pregunta y la incertidumbre. ¿Dónde nos llevará el curso de los acontecimientos?

Se han desterrado las certezas. Lo razonable se ha instalado en “ya veremos”.

Comparto contigo como en otras semanas fotografías del bosque. Las hojas atadas en su peciolo a la vida, el agua, la roca, la altura, la luz…

Algunas cosas permanecen.

Podría ser que lo único que tuviéramos realmente fuera un poco de tiempo para ser; un intervalo en la nada. Pudiera resultar que cada minuto de vida fuera único e irremplazable. Incluso podríamos imaginar que hay momentos en que disponemos de una cierta libertad; que no siempre nadamos en la corriente del mundo con el único propósito de mantenernos a flote un minuto más.

Aquello que escasea tiende a ser más valorado.

Solo un paseo, una charla en un banco del Área recreativa de la Pesanca.

Tumbado en el suelo dibujo con la cámara escenas de color y contraste.

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No dejes de pasar por la primera parte de Espinaredo que fue protagonista del blog hace ya cinco años. Pincha aquí

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Roberto Molero

Besullo

Salir del entorno habitual es abrir una ventana a una realidad paralela. A través de sus cristales se dibuja un paisaje definido por la diferencia, pero también por los espacios aparentemente conocidos.

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¿Quién no porta en sus recuerdos la imagen de un gato adormecido al sol de la mañana?

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¿Quién no recuerda sentir como el tiempo corre y se detiene a su antojo ajeno por completo a la terca persistencia de intentar controlarlo?

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La luz mortecina ilumina levemente el establo donde la vaca se dispone a pernoctar ¿Cuántos pueblos habrán proyectado esta misma escena a cuántos miles de personas?

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El ideograma de una casa de piedra en la pradera.

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Además de los terrenos conocidos el paisaje me sorprende con la roca viva y su colorido extraviado.

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Caminamos por una senda que atraviesa la montaña. Hace calor. Las nubes que amenazan tormenta son acogidas con entusiasmo por su capacidad de arroparnos con su sombra en terrenos despejados.

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La repoblación forestal enmarca las vertientes del paisaje.

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Nos cruzamos con un paso de cebra vertical fabricado de sombras.

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La degradación natural de un tronco compone una escultura de formas extrañas en la vereda del camino.

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Una hoja me recuerda que el otoño no tardará en abrirse paso.

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Los restos del fuego dejan su cicatriz. El sol se refleja en la textura quemada produciendo unos brillos extraordinarios.

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La serie completa de 33 imágenes se puede ver en el ya clásico enlace:.

Flickr

Termino la entrada de esta semana con un tridente natural; el negro sobre la montaña abatida…

No se si es de poco a poco o si es de forma acelerada, pero vamos recorriendo camino y consumiendo los días sucesivos que parecen llegar a trompicones. Nunca es seguro donde vamos a dar el próximo paso, cuál será la foto siguiente o la nota que escucharemos a continuación y que acompañará nuestro viaje.

Sea como fuere lo que queda por venir, parece que es momento de volver a mirarlo todo, de renovar el asombro en lo que tiene capacidad de hacerlo y de sacar ese vino que habíamos reservado para un momento especial. Desempolvar la copa, descorchar la botella y brindar por la vida y sus momentos felices.

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Roberto Molero.

Isla del Carmen

Piedras, espadas afiladas en un firme inestable. Qué fácil sería resbalar sobre el verdín y golpearse el costado en la caída…

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Surcos de piedra donde nada se puede sembrar. Paisaje de piel rugosa ¿Hacia donde me llevas?

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Charcos intermitentes, agua indecisa ¿Ya te vas? o ¿estás llegando?

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Por encima de la linea de rocas del islote de Peña Cercada se pierde el horizonte.

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La ermita se mantiene aferrada a sus cimientos. En lo alto un brillo de esperanza.

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Besos de mar y tierra, sal y aire, piedra y arena…

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Y al fin nada más. Una nota en el desierto de los días sucesivos. Procurar caminar sin que se noten demasiado las frases desafinadas. Reposar entre la espuma y el carbón. Atrapar alguno de los rayos de sol que se pierden en la arena y llevarlo dentro.

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La serie completa de imágenes la puedes ver en flickr . (El Album contiene 79 fotos de diferentes momentos).

Roberto Molero.

Candás

No es la luz lo que importa en verdad son los doce segundos de oscuridad”

Así reza uno de los versos de una canción de Jorge Drexler. Seguramente cada cosa que sucede cobra más sentido al lado de su oponente natural. A pesar de haber estado muchas veces en Candás, una nueva visita siempre es una oportunidad para volver a descubrir la ciudad.

El faro que muestra la primera fotografía entró en servicio en octubre de 1918 y aún permanece en activo. Su luz se sitúa a 40 metros sobre el nivel del mar siendo visible a 15 millas.

Ese día, que ahora estás reviviendo de alguna manera, había una banda de gaitas ensayando. La música parecía flotar hacia el horizonte y perderse en el agua fundiendo ambos sonidos.

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Me entretengo haciendo alguna foto de los que sobreviven y de aquellos que permanecen aferrados al óxido.

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En el cielo de incontables colores encuentro visitantes furtivos nadando entre luces y sombras.

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También hay un plano general del Cabo de San Antonio.

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Y esa ermita que siempre solitaria se esfuerza por resistir.

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El atardecer me trae imágenes inesperadas que me transportan a lugares remotos. La cabaña de Pablo Ernesto

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Contra un cielo moteado se ve una escultura realizada por José Luis Sánchez inspirada en Damocles. Al pasar por debajo se puede entender a la perfección ese sentimiento de inseguridad. Tal vez demasiado inspirador para este momento donde se dibujan tantos escenarios al borde del abismo.

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De Alejandro Corominas la estructuta extensible.

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El pescador de Amancio González.

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Y esas calles que nos acogen entre sus rincones. El reflejo del mimo con el que la vida nos ofrece una oportunidad para saciar el hambre de experiencias.

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Demasiadas marionetas en un escenario. No parece posible que una sola cabeza pueda mover todos los hilos. Al menos queda el atrevimiento a pensar que somos libres de accionar alguno de nuestros propios músculos.

Por ejemplo, si pinchas en el enlace: Flickr puedes encontrar la serie completa.

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Sin pretenderlo el camino me llevó por una senda de obras realizadas para la ciudad. Contra el horizonte su trabajo cobra nuevos significados. No es un lujo lo que muestran, sino más bien la esencia del ser humano: la duda, la búsqueda, el miedo, el dolor o la esperanza.

Roberto Molero

Molinos de Bimenes

El Morico nos muestra el camino. Comenzó a trabajar en la mina a los trece años. El carbón le proporcionó un nombre además del espejismo de hacerse mayor antes de tiempo. Hay un discurso sereno que brota de la tierra. Pasa parte de su tiempo informando a los caminantes.

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Hay una senda que discurre por los márgenes de un pequeño río. Sube lentamente hacia un pasado reciente donde la vida se mece al son de otras aguas.

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Las luces juegan con las sombras descaradamente, sin embargo, no fue hasta llegar a casa y ponerme a procesar las fotografías que empecé a vaciar los colores en mi cabeza para quedarme solamente con el blanco y su ausencia.

El verano fluye sereno en los meandros de la tarde. Se establecen los días sucesivos sobre un enjambre de dudas.

Quiero abrazarlo todo antes de que el tiempo se agote por completo. Sentirlo todo a través de la piel desnuda hasta que duela de felicidad.

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Demasiado rápido vuelan los segundos. Me detengo lo suficiente para saborear el rio semi-oculto, el helecho, la flor y el tronco. Sobre el barro un paso inseguro nos transporta al otro lado. ¿Hasta donde se pueden atravesar las fronteras?

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Cada imagen que entrego cuenta una historia. El tronco abrasado relame sus heridas a la sombra de castaños. hayas y avellanos.

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Llueve sobre la escena y son gotas de sombra. Salpican de ojos el encuadre.

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Letras vivas entre palabras huecas.

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Las entrañas de una forma de supervivencia. El agua de seda apoyando la roca y el vértigo de su altura.

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La imagen de la inocencia que cierra la serie, el silencio de los corderos, un atisbo de esperanza.

La serie completa la puedes ven pinchando el siguiente enlace: Flickr. Incluye una versión en color.

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Roberto Molero.

Aeromodelismo

Amanece lentamente. El gris se resiste a abandonar la atmósfera mientras el verano progresa perezoso entrelazando días sucesivos.

Llueven noticias afiladas que se clavan como agujas en la arena. La atmósfera contiene partículas venenosas que se confunden con el aire limpio que trae la brisa marina.

Reina la incertidumbre. Los ojos de la gente se asoman sobre el embozo y las caras partidas empañan los escaparates.

En un océano de incalculables dimensiones lleno de peligros y espacios insondables también es puede encontrar ese rinconcito amable que nos sirva de refugio.

Hoy comparto unas fotos de una pequeña afición que no me pertenece. Un pequeño pueblo, miles de horas con motores, ruedas, hélices, emisoras y herramientas para por fin levantarse del suelo.

Queda muy lejos el terreno seco e inhabitable. Arriba solo el cielo infinito. Libertad de movimiento, vértigo, precisión, previsión, riesgo, emoción, juego…¿Qué mas se puede pedir?

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Antes de la última foto dejo un enlace a una entrada anterior donde también surcábamos el cielo.

Un viaje en globo

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Roberto Molero

Rio Casaño

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Volvemos a la montaña con la ilusión de atrapar espacios naturales y atraerlos a nuestro interior. Varios seguidores del blog han tenido la idea de recomendarnos rutas que les han parecido fantásticas como es el caso que hoy nos ocupa. Gracias a María Parada por señalarnos este destino en Asturias a poco más de una hora de nuestra casa.

Este paseo de acceso sencillo nos he llevado a descubrir un entorno poblado de castaños centenarios realmente sorprendente.

Fue muy de agradecer en ese día caluroso que la sombra de la vegetación nos acompañara permanente así como el sonido del agua. El verde tampoco nos olvidó tiñendo sin medida todos los encuadres.

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Antes de insertar las fotografías que he seleccionado para compartir permitidme una vez más que exprese una de esas ideas que se instauran en mi cabeza.

Estoy en mi pueblo y eso me hace viajar inevitablemente a los orígenes.

Mi tio Luis falleció el 3 de Abril de este año a los 87 años de edad. No se pudo celebrar el funeral. Ayer nos reunimos la familia para llorar la ausencia de lágrimas contenidas. Quisiera añadir varias fotografías de los días pasados y sus pequeños detalles. Como aquel tractor azul LAN de un solo cilindro que puebla muchos de mis recuerdos, pero no se si tendré alguna en alguna parte. A cambio dejaré las imágenes a lo largo del curso del río.

Resulta difícil hablar del mundo como si no pasara nada. El bosque se muestra indiferente a la crispación que reina y aunque es algo muy de agradecer a veces me inunda la confusión y la soledad.

Necesitamos arroparnos cuando hiela. La familia precisa del abrazo ocasional cuando nos sentimos desolados. La muerte llega sin máscara ni sospecha. Es clara e inequívoca. Trabaja sin demora y no se deja convencer por el poder ni por el dinero.

A pesar de sus virtudes inevitablemente deja espacios vacíos en el alma imposibles de volver a llenar. Será su forma de ser.

La ceremonia religiosa se salta el momento de darse la paz. El contacto personal está vedado cuando más se precisa. Afuera los saludos entre codos se tornan en imágenes extraordinarias que nunca me hubiera atrevido a imaginar.

A pesar de la oposición interpuesta por el uso de las mascarillas que no nos permitía vernos la cara y que empapaba los llantos pudimos reunirnos para recordar juntos una vida. Gracias a quienes decidieron darnos la oportunidad de hacerlo porque para muchos de nosotros era una necesidad.

Permitid que a través de mi tío Luis y con imágenes tan alejadas del paisaje que le vio crecer aquí en Chozas recuerde a todos los que se fueron sin el abrazo de la comunidad por culpa de una pandemia. Quizás uno de los peajes más pesados de los que hemos tenido que pagar en este trance.

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La serie completa se puede ver en el siguiente enlace: Flickr

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Roberto Molero