Ruta de los acantilados

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Si diéramos  un pequeño salto en el espacio -tiempo para situarnos en la costa cántabra, podríamos encontrarnos con un paisaje como el que se muestra a continuación. Detengo el vehículo para proyectar la mirada a las cumbres nevadas de los Picos de Europa. Bebemos el último tramo que le queda por recorrer al otoño.

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Cruzamos los prados que nunca se deciden a abandonar su verde rabioso y nos dirigimos al encuentro del mar con la tierra.

Este pequeño recorrido de fácil acceso parte del centro de interpretación situado en San Vicente de la Barquera ( Parque natural de Oyambre). 

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Como tengo por costumbre voy capturando imágenes. A veces de lejos, como ese velero que navega pausadamente, y otras muy de cerca como esos líquenes resistentes al salitre que a veces parecen señalizaciones de ruta por su color intenso.

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A lo lejos se divisa un pueblo para dibujar y de pronto sin previo aviso la ensenada de Berellín se muestra a nuestros pies majestuosa. Allí mismo, en una zona que misteriosamente permanece al abrigo del viento nos sentamos a tomar el bocadillo antes del regreso al punto de partida.

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Estos días me azotan intensamente. Como el agua en la costa. Esta noche haciendo la ronda en el hospital un hombre joven luchaba por respirar un minuto más. Pudimos darle una prórroga. Mis tíos se mudaron a la residencia. Estoy seguro del camino que es necesario recorrer y sin embargo siento un pesar en algún espacio recóndito de mi alma.

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Mirando al cielo puedo ver oscuras nubes que amenazan tormenta, también depredadores alados en busca de una presa fácil. Me esfuerzo por ver una imagen capaz de transmitir un atisbo de esperanza.

Hoy lo veo todo sin mezclarse, el blanco y el negro. Extraños compañeros de color.

La serie completa la puedes ver en este enlace: Flickr

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Roberto Molero

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La nostalgia del vacío

En la fotografía que muestro a continuación, parece nostálgico el rostro que se desvela  tras el cristal y también que su mirada se pierde en el vacío. Bien se podrían casar la imagen con su título.

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El escaparate del Bosque de la Maga Colibrí  luce sus galas previas a la cercana campaña de Navidad. Llueve dentro y fuera.

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Salpicada de gotas de luz una mano emerge de lo profundo con sed de venganza como en una película de terror. Aunque vista de nuevo la imagen tal vez se trate más bien de un náufrago en busca de ayuda.  Dos interpretaciones diferentes para hacernos correr hacia lados opuestos, bien hacia quien pide ayuda urgente o tal vez lo más lejos posible del zombi asesino.

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La luna se inflama intentando hacerse ver en la oscuridad, ¿Quiere ser admirada?¿ o tal vez vive arrojando su luz con esfuerzo para guiarnos en las noches tenebrosas?

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Lo que sabemos en realidad es que los editores de los cuadernos Hexágono presentaron un nuevo título destinado a la reflexión sobre la lectura y la infancia.

Sergio Lairla…

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Y Ana Lartitegui

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La nostalgia del vacío (la lectura como espacio de pertenencia en los adolescentes) es el título que lleva la obra escrita por Freddy Gonçalves da Silva.

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De nuevo puedo ver que hay quienes se empeñan en buscar las claves que necesitamos para vivir realmente y para no perdernos en ese vacío por el que a menudo transitamos.

Con sus manos parece indicar el modo de descifrar algunos enigmas del texto, pastor de reflexiones entre aquellos que dejaron de ser niños sin haberlo olvidado del todo.

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Todas las fotos de esta serie están en este enlace:  Flickr. 

En otra ocasión RADIOfotoGRAFIANDO fue testigo de la presentación de otro magnífico cuaderno que puedes recordar en este enlace:  Erase una voz

Nos vemos la semana próxima si es posible y…

No te olvides el paraguas al salir de esta página.

 

Roberto Molero

El río Gándara

Los ríos Asón y Gándara nacen muy cerca el uno del otro y sin embargo, discurren por valles diferentes. En la foto puede verse el nacimiento del Gándara.

Como un truco de magia, brota entre las piedras de forma aparentemente inagotable. Al mismo tiempo el cielo deja caer una lluvia intensa sobre la tierra inundada.

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La noche anterior la nieve hizo presencia en las cotas más altas. A nuestros pies solamente un rastro.

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Hay un filtro en la atmósfera de lágrimas de humo. Las montañas se perfilan insinuantes y se pierden en el horizonte.

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Hay quien sobrevuela el paisaje sin buscar refugio.

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Hay un cauce que anhela el torrente…

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Hay lluvia en el valle que es la misma que anida en las cumbres tiñendo el paisaje.

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Hay árboles y montañas dispuestos en tres planos secretamente organizados.

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Hay cimas que se escurren de nubes bajas y se yerguen imponentes atrapando rayos de sol entre sus pliegues.

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Y al fin están aquellos que observan. Hay imágenes que salpican la retina formando cuadros impresionistas, técnicas mixtas de música y frío, altura y recuerdo, la escultura de un nuevo proyecto y otras cosas que solo podemos imaginar…

Con eso basta.

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Roberto Molero

Collados del Asón

Internarse en los caminos que serpentean el cauce de un río siempre resulta una actividad gratificante y novedosa. Camino con la intención de disfrutar de sus grandes misterios, de los detalles que se muestran parcialmente ocultos por la normalidad. En el trayecto que te propongo recorrer ahora mismo a través de las imágenes de este blog, confieso que me he sentido desbordado por su incontestable belleza.

Las previsiones meteorológicas no eran nada alentadoras y el inicio de la ruta llegaba escoltado por una lluvia insistente. Íbamos preparados para ello, pero pronto se despejó el cielo y nos dejó un paso confortable. No sabría decir si buscamos o tentamos a la suerte, pero la encontramos.

El sendero que asciende hasta la base de la cascada emana un intenso poder que nos va envolviendo lentamente. Engullidos en la fronda y mecidos por los sonidos primarios nos vamos embriagando con su aroma. Los árboles de porte exagerado se exhiben fornidos y terriblemente saludables. Su intención de seguir bebiendo del río de la vida parece clara y absoluta.

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El regreso nos obliga a hollar nuestras pisadas recién impresas, aunque la vista tiene nuevas perspectivas. La luz cambia veloz y las arrugas del bosque salpican el trayecto. Me embarga una sensación de bienestar. Hemos podido alcanzar nuestra pequeña meta, nos hemos enfrentado a nuestro pequeño desafío, hemos sido un poco valientes y nos hemos asomado un poco al hogar luminoso que ofrece de vez en cuando la vida.

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La serie completa está en el siguiente enlace y merece mucho la pena, contiene ochenta y cinco fotografías :  Flickr 

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Roberto Molero

 

Bandujo

 

A tan solo una hora de casa y a unas dos semanas de esta fecha, nos internamos en un camino que asciende por la margen del río hasta el pueblo de Bandujo. No deja de sorprenderme ese cambio de escenario, el hecho de pasar de la ciudad a un entorno natural casi sin darnos cuenta.

El bosque parece no guardarse nada para más adelante. Fluyen los colores y las sombras por todos los sentidos.

Entro en el juego de sentirme en casa. Arropado por el fresco murmullo del agua y por el aire limpio de la mañana, el oxígeno parece llegar a los espacios más profundos de mis pulmones. En realidad soy carne asfaltada. El hogar que llevo impreso no se parece a este. Lleva calefacción central y agua enlatada. Pero a pesar de todo me gusta jugar a mezclarme con el entorno y empaparme de su esencia, creyéndome por completo que formo parte de este momento.

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Arriba, en el final del trayecto, se asienta la civilización a medias. Vive incrustada en el campo, de cara a la montaña. Saludamos a unos vecinos y entablamos conversación. Nos enseñan su casa, nos cuentan una pequeña parte de su vida y de su pueblo, nos sentimos más cerca del entorno. No intercambiamos nombres. A veces soy consciente en extremo de la importancia de esa amabilidad con el desconocido, y entonces siento que el mundo es un lugar realmente afable.

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Regresamos por el mismo camino. Dejo información de este itinerario en este enlace: Ruta medieval a Bandujo . La serie completa de mis fotografías la puedes ver en el siguiente:  Flickr.

Mi más sincero agradecimiento a Jose Luis por mostrarme el camino.

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Roberto Molero

 

Gaztelugatche y la Alhóndiga

Llegamos a destino un día de lluvia y tormenta. Ese tiempo desapacible nos dio la oportunidad de entablar un diálogo sin aglomeraciones. Gaztelugatche se hizo muy popular después de aparecer en la serie: “Juego de Tronos”.

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La ermita dedicada a San Juan situada en un enclave excepcional atrae poderosamente nuestra atención. El mar está inquieto  y el cielo parece reflejar  el mismo sentimiento.

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En estos días estamos viendo la serie en familia. Nos reunimos alrededor del trono de hierro y dejamos la palabra a los embusteros, a los que se han embriagado con el poder o  a quienes se han visto alcanzados por el cruel destino. 

Cada historia es un reflejo del tiempo actual, de nuestras propias actitudes y pensamientos. Miro hacia delante con la esperanza de estar descifrando en parte los errores cometidos. A veces me hace falta gritar que estamos aprendiendo a vivir, aunque a menudo no suene del todo convincente.

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Antes de volver a los días entrelazados hacemos una pausa en ese centro donde vive la cultura: La Alhóndiga, en Bilbao. Enlazo cuatro imágenes entre luces y sombras buscando como siempre un fotograma que muestre un lugar donde se pueda respirar.

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Roberto Molero

 

El bosque de Oma

Sencillamente traigo al blog unas imágenes de color en el bosque pintado. Una intervención que nos hace salir del entorno y entrar de nuevo continuamente. Mientras el autor busca una composición desde un punto geográfico determinado nosotros vamos descubriendo nuestra propia interpretación. Hay mucha gente disfrutando y el buen tiempo aún nos acompaña.

Yo busco una composición dentro de otra, intentando capturar en la cámara el encuadre adecuado, pero hay un sabor que no me agrada. Tal vez la combinación de elementos tan artificiales en un plano tan natural, aunque no estoy seguro.

Paseo con la sensación de pertenecer a una especie que ha dejado una huella extraña en el paisaje. Intento acomodar dos aspectos diferentes: Por una parte escucho una señal  donde se podrían armonizar los colores y las luces para sentirme parte del bosque y por otra ese sentimiento de invasión innecesaria que me produce desazón en el cuerpo.

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Ahí están, enfrentándose a la vida, como todos nosotros, estos pinos. Formando parte de una obra que cabalga entre gamas tonales diferente, contrastadas, que se han visto embarcadas en la aventura de convivir de la mejor forma posible.

De todas formas es un paseo muy recomendable si te acercas al País Vasco. Dejarse empapar del color te rodea y escuchar el momento.

Buena semana.

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Roberto Molero

 

Apikale, Otzarreta y Laida

Antes de llegar a la casa decidimos pasar por el hayedo de Otzarreta. Pasear por el bosque se ha convertido en un manjar exquisito. Si además comienza el otoño a imponer su contraste de color la perspectiva se vuelve apasionante.

Había demasiada gente y demasiado ruido para un santuario. El tiempo excelente y lo accesible del lugar empañaban la experiencia.

A través de la cámara dejo constancia de unas pocas imágenes. En ellas se puede intuir la gran belleza de este lugar privilegiado.

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Luego llegamos al alojamiento donde nos recibieron Álvaro y Susana: Apikale. No imaginábamos entonces que entablaríamos una relación tan fluida con tan poco tiempo disponible. Sentirse en casa es un sensación necesaria y no demasiado frecuente cuando sales de las cuatro paredes que te acogen habitualmente.

Desde este espacio mínimo deseo dejar constancia de mi agradecimiento por el tiempo compartido.

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Antes de que el día se ocultara en el calendario nos acercamos a la playa de Laida. El atardecer decidió pintar las aguas y sus reflejos. Así terminamos el primero de los días que relato.

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Roberto Molero

Al otro lado del cristal

Hay muchas posibilidades de que al menos una vez en la vida hayas visitado un zoológico. Si tienes un hijo, la posibilidad se aproxima peligrosamente al cien por cien. Si tienes dos el cálculo de probabilidades aumenta al doscientos por cien, con tres al trescientos y así sucesivamente…
Actualmente se dividen las opiniones sobre estos espacios. Mientras para una parte importante de personas los zoológicos deberían desaparecer pues suponen un atentado contra la libertad de los animales, para otro sector se justifica su existencia en aras del conocimiento, el aprendizaje, la conservación y la difusión.

Estoy paseando por el zoo como en otras ocasiones: (Mundo animal y el Zoo) y busco como entonces una imagen capaz de trasmitir una idea de libertad en el marco de un mundo enjaulado.

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Wolverine 

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Zorro ártico.

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De pronto me di cuenta de lo reversible que resulta la luz que atraviesa el cristal. La imagen se transmite en ambas direcciones y sin embargo el objetivo siempre enfoca en el sentido predeterminado. Se supone que se exhiben quienes han de ser observados, pero entonces empecé a mirar de forma diferente. Recorro el camino contrario de modo que voy bajando por unas escaleras mecánicas que se empeñaban en llevarme a la parte de arriba.

Podría intentar describir un escenario donde somos nosotros quienes estamos al otro lado del cristal. Prisioneros de nuestro anhelo, de las grandes cuestiones, de la razón de ser de todo lo que existe. Y allí, en ese punto voy circulando atrapando miradas de asombro,  de fascinación y de satisfacción por haber encontrado un tesoro.

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Todas las preguntas requieren una respuesta, sin embargo no siempre podemos satisfacer tal necesidad. Este axioma es el que nos mantiene al otro lado de la jaula. Somos capaces de descifrar todos los enigmas, de salvar cualquier obstáculo y deshacer algunos nudos que ha marcado el destino, pero aún nos falta el porqué. Tal vez lo más importante. Aceptemos la muerte como un final o como una puerta, de alguna manera la humanidad comparte esa sensación de vértigo, de equilibrio imposible.

Desde su refugio transitan otros seres libres de dudas existenciales. Parecen repetir sus patrones de comportamiento sin circular por el compromiso ni la responsabilidad. Libres desde cierto punto de vista nos ignoran al otro lado. Tal vez seamos nosotros los únicos prisioneros. Atrapados para siempre en la terrible conciencia de nuestros actos.

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Roberto Molero

No hay mañana

Buenas noches. Hoy recobro algunas imágenes recientes. El verano no se quiere marchar y apura su tiempo reteniendo al otro lado de la puerta a un otoño impaciente. Recuerdo los días de agua dulce y su cálido abrazo en la piel.

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Ya regreso al camino mil veces transitado. Los días se rellenan sin medida y las obligaciones se colocan en el centro del encuadre ocupando aparentemente la mayor parte del espacio.

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Y todo lo veo a través de mis ojos. Completamente ajenas a mis observaciones las cañas se mecen suavemente ante ellos.

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Algunos días el camino gira inesperadamente a la derecha empeñado en sorprenderme. Esta noche soy terriblemente consciente de que hay un margen que me queda para establecer toda mi vida. A veces parece diminuto, otras inmenso, pero claramente existe ese espacio que me permite tomar el rumbo sugerido o saltar la valla o sentarme en el suelo a esperar el momento adecuado o darme definitivamente por vencido.

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Ese poder personal es el que me interpela esta noche. Afilo los lápices que me han de servir para dibujar el mundo que imagino. Recojo la diversidad de sus colores amasada con la luz filtrada de la tarde. Aquellos detalles que pueden servir de recipiente para llenarlos de significado.

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Brillo un poco por dentro a pesar de la oscuridad, o mas bien gracias a ella. He abierto un pasillo para ordenar mis notas. Reúno todas mis tropas con la intención de construir paisaje y siento una emoción abrasándome por dentro.

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Mientras llega ese futuro siempre incierto no hay tiempo que perder. Los días pasados proyectan su sonido sosteniendo el paisaje que muestra mi ventana.
No hay otro momento para poner toda la carne en el asador, porque el mañana no piensa acudir a esta cita.

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Roberto Molero